Eran las cinco de la tarde, Andrés estaba sentado ya en el
tren esperando que saliera, tenía ya ganas de llegar a su destino y ver a sus
nietos, al compartimento donde se encontraba estaba vacío, entonces sonó el
pitido que indicaba que el tren se disponía a marchar cuando la puerta del
compartimento se abrió y entro una señora, el al verla no lo dudo ni un
segundo.
-Carmen…. ¿Eres tú? –Sus ojos normalmente apagados reobraron
vida, su sonrisa era incontrolable.
-¡Andrés! Cuanto tiempo. –La mujer de pelo corto y gris
permanecía de pie junto a él, las
piernas le temblaban ligeramente de los nervios como si hubiera vuelto a su
adolescencia.
-Casi cincuenta años ya, y continuas igual de guapa que
siempre. –Andrés se levanto y la abrazo fuertemente, luego se sentaron juntos y
comenzaron a hablar de sus vidas del pasado.
Andrés cogió la mano de Carmen la miro fijamente y como si un
imán los atrajera se fundieron en un beso, cincuenta años de separación pero
aquel amor de adolescencia prevaleció sobre el tiempo.
-Nunca deje de quererte –Le dijo Andrés mientras la miraba
con dulzura y cogía sus manos fuertemente como no queriéndola volver a perder.
-Yo a ti tampoco.
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