Los rayos del sol se colaban por la ventana iluminando toda
la habitación, era apenas un habitáculo de seis metros cuadrados que contenía
un pequeño mueble y una litera, dos hermanos de ocho y diez años jugaban en su interior, las risas eran el
sonido predominante en aquel reducido espacio.
-¡Alfonso no seas tramposo! –Decía el más pequeño de los dos
mientras soltaba una carcajada.
-No era trampa Carlos, me tocaba a mi tirar y acabo de llegar
a la meta ¡Gane!
Los dos hermanos se fundieron en un abrazo, riendo
inocentemente, ajenos a cualquier otra cosa, Carlos el pequeño de los dos cogió
una pelota de futbol que tenía guardada en una caja.
-Vamos fuera a jugar un partido, veras como si te gano ahora.
–El pequeño tenía los ojos brillantes y una sonrisa que iluminaba su rostro, se
le notaba feliz, el hermano mayor lo miro tiernamente. –Sabes que no podemos
salir fuera, nos lo ha dicho mama, volvamos a jugar a la Oca. –Carlos lo miro
sin perder esa chispa y esa vivacidad que da la inocencia y la juventud.
-Vale ¡Pero esta vez no me hagas trampas! –Volvió a soltar
una carcajada y ambos se pusieron nuevamente a jugar a la Oca, al cabo de un
rato de comenzar el juego escucharon el sonido de una sirena que no cesaba y al
momento entro la madre apresuradamente.
-Niños, es la hora del abrazo diaria, venid aquí –Los niños
fueron corriendo donde su madre y se abrazaron fuertemente, la madre los
apretaba contra ella intentando taparles los oídos, en la distancia se
escucharon unas explosiones muy fuertes, estuvieron abrazados unos diez
minutos, cuando las explosiones cesaron la madre los soltó les dio un beso y
los niños volvieron felices a sus juegos, la madre los observaba.
-Bendita inocencia la de los niños, que incluso en la guerra
no pierden las ganas de jugar –Dijo ella casi murmurando mientras se secaba las
lagrimas.
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